O ENTRE-LUGAR BRASILEIRO NAS COLECÇÕES LATINOAMERICANAS
En este trabajo intentaré plantear algunas preguntas acerca de la posición de la cultura brasilera en la historia y la crítica literaria latinoamericanas, concentrándome en la producción crítica formulada desde el mundo hispánico. Mi investigación estudia el lugar asignado al Brasil en la totalidad latinoamericana en un período que abarca desde el cambio de siglo hasta los años 1940. Prestigiosos críticos brasileños han señalado cierta indiferencia por parte de los hispanoamericanos hacia la literatura brasilera en una relación definida como asimétrica[1]. Según esta lectura, los brasileros tendrían un interés por Hispanoamérica que no se verifica del mismo modo en la dirección inversa. Si bien es cierto que la bibliografía producida en Brasil sobre la literatura hispanoamericana es más abundante y sofisticada que la escrita sobre Brasil desde Hispanoamérica, un examen cuidadoso permitirá observar que el lugar de la cultura brasilera ha constituido una pregunta y un problema para la historiografía literaria hispanoamericana desde sus comienzos.
En este sentido, me interesa explorar ciertos desplazamientos semánticos y conceptuales, como la transición de Hispanoamérica o Iberoamérica a América Latina, expresión que se vuelve más usual a partir de las primeras décadas del siglo XX[2]. Asimismo, en correspondencia con esta cuestión, también estudiaré la relación entre Europa y América, particularmente en torno al problema de la originalidad cultural, la imitación y el parasitismo intelectual de los modelos europeos.
El primer texto en el que me gustaría detenerme es la Historia de la poesía hispano-americana de Marcelino Menéndez y Pelayo. Publicada en 1911 como una refundición de su anterior Antología de la poesía hispano-americana (1892-1895), Menéndez Pelayo construye en ese libro una perspectiva totalizadora capaz de reconocer la unidad cultural de América Latina a través de la literatura. Pensada como un archivo destinado a ordenar, catalogar y dar testimonio de la producción intelectual americana en lengua española, el libro se publica con el auspicio de la Real Academia Española y está teñido por una voluntad política nítida: afirmar el lugar dominante de España sobre la cultura latinoamericana en un período de profunda crisis política y de su decadencia como potencia mundial. Así, el espacio político perdido por España a lo largo del siglo XIX podría ser reocupado por la hegemonía cultural (Díaz-Quiñones 1998:17).
La actitud de Menéndez Pelayo con respecto al Brasil es ambigua. Por un lado excluye de su colección obras de poetas brasileros. Pero por otro lado, promete en una edición futura de su libro, la incorporación de la poesía brasilera, que para él constituye en realidad parte de la misma unidad cultural.
Acaso más adelante me anime a completar [mi libro] con el tratado de la poesía portuguesa en el Brasil, para que la obra merezca con toda propiedad el título de Historia de la poesía hispanoamericana (IX).
La ausencia de la “poesía portuguesa en el Brasil” de su libro, como significativamente la llama el crítico, atenta contra la totalidad de la antología. Al privar a la literatura del gentilicio nacional –no habla de “poesía brasilera”–, Menéndez Pelayo ataca indirectamente la misma existencia de una tradición nacional independiente, gesto que reproduce su voluntad imperialista hacia el resto de las nacionalidades latinoamericanas. Todas ellas se encuentran subsumidas para él a la autoridad de la lengua española, como si el siglo XIX no hubiera dejado huellas sobre la conformación geopolítica de la región. Uno de los propósitos explícitos del libro es ejercer un control de la tradición latinoamericana desde España, y de paso eliminar (de un plumazo) la existencia de Portugal –y por ende del Brasil– como naciones y culturas autónomas. La unificación de la tradición luso-hispano-americana bajo un solo rótulo procura homogeneizar e hispanizar la diversidad cultural latinoamericana.
Aunque los propósitos declarados del libro son los de contribuir al conocimiento de la literatura hispanoamericana, ordenando y clasificando la producción lírica de la región, la Historia persigue más bien un deliberado objetivo geopolítico: apropiarse de la literatura hispanoamericana como una pieza del patrimonio cultural español[3]. Al referirse a los límites de su objeto, Pelayo señala:
Trátase sólo de la poesía castellana en América, quedando excluida con ello otra poesía no castellana de lengua, aunque pueda ser calificada de española en el sentido más tradicional y etnológico de la frase, es a saber: la opulenta poesía brasileña, que es quizá la más americana de toda América sin que por eso deje de ser esencialmente portuguesa (15).
¿Cómo explicar este cambio con respecto a la posición anterior? ¿Puede una poesía ser al mismo tiempo “la más americana” y ser “esencialmente portuguesa”? Sólo podría serlo si convivieran, dentro de un mismo objeto, el elemento americano y el elemento europeo; si ambos componentes se mezclaran formando uno nuevo en el que no obstante persisten rasgos de cada uno de ellos. De algún modo, es la condición americana de la literatura brasilera la que la aparta de la tradición hispanoamericana según el planteo del libro. Su valoración de la poesía brasileña aparece ligada aquí a algo que Menéndez Pelayo no reconocerá en la poesía hispanoamericana: la mezcla, el mestizaje y la hibridez. El término “opulencia” aplicado a la literatura, significa hablar del trópico, de la naturaleza exuberante y voluptuosa del Brasil y hablar por lo tanto, de mestizaje cultural.
Menéndez Pelayo, como muchos otros historiadores literarios, rechaza la impureza. Acaso la pureza pueda ser considerada un rasgo distintivo de la historiografía literaria. Al ser organizadas en torno a categorías de lengua y en menor medida, de nacionalidad, la pureza define la historiografía literaria. Es importante notar que en su argumento “español” define una lengua más abarcadora que las nacionalidades por ella comprendidas (portuguesa, brasilera, mexicana o peruana) y que es la identidad lingüística la que priva como principio constructivo de la colección, una identidad que se impone bajo la premisa de homogeneidad. Antonio Cornejo Polar atribuye las exigencias de homogeneidad y sistematicidad a las literaturas latinoamericanas al concepto europeo de nacionalidad, que no contempla la convivencia dentro de una misma unidad cultural de varias literaturas, como sería el caso de América Latina (Cornejo Polar 1996: 70-71). Es decir, según la posición de crítico español la inexistencia de una literatura portuguesa –que aparece subsumida a una literatura española que comprendería de manera análoga a la literatura catalana, gallega, etc.– es coherente con la inexistencia de una literatura argentina, o de una literatura andina, o rioplatense que sólo tendrían entidad dentro del corpus de la literatura española.
En todo caso, ése es uno de los argumentos centrales del historiador español para afirmar la existencia de una tradición única para toda la literatura escrita en español: la pertenenecia a una misma genealogía literaria, de la que se excluyen taxativamente las literaturas y las lenguas indígenas americanas. En el libro no “podrán tener cabida tales elementos bárbaros y exóticos en un cuadro de la literatura hispano-americana, la cual, por lo demás, ha seguido en todo las vicisitudes de la general literatura española” (15).
La poesía brasilera entonces, parece un corpus dotado de mayor especificidad, producto de un mestizaje cultural no experimentado en la tradición hispano-americana. Es precisamente esa característica la que la convierte en “muy americana”. La poesía hispanoamericana, por el contrario, resulta definida como imitación, copia y forma paralela a la literatura española peninsular y diferenciada de la herencia indígena a la que no se le concede lugar alguno en la tradición literaria. Eso la priva de rasgos específicos pero le otorga, según el argumento de Menéndez Pelayo, el valor de ser un componente pleno de la tradición española.
El problema de la imitación y de la ausencia de una tradición propia y distinta de la europea fue una cuestión de gran importancia en el período del cambio de siglo para los intelectuales latinoamericanos. ¿Dónde buscar modelos para construir una cultura nacional sino en Europa? Pero buscarlos allí significaba, como lo señaló Groussac, seguir siendo Mimópolis, un conjunto de naciones políticamente independientes, pero culturalmente sometidas a las metrópolis europeas: “¿Hasta cuándo seremos los ciudadanos de Mimópolis y los parásitos de la labor europea? (...) ¿cuándo lucirá el día de la emancipación moral, y alcanzará el intelecto sudamericano sus jornadas libertadoras de Maipo y Ayacucho?” (Groussac 1925: XXII).
Menéndez Pelayo presenta la imitación como una evidencia fáctica incontrovertible. Incluso en la producción poética que le merece mayor respeto por su originalidad, la poesía gauchesca, reconoce ecos de la poesía popular andaluza. En consecuencia, considera que la literatura hispanoamericana, y por lo tanto las naciones latinoamericanas, son tan sólo un apéndice de España, que abarca también a Portugal y por ende a Brasil. Pero entre los intelectuales latinoamericanos la posición hacia fin del siglo XIX parece bien distinta. Como lo señala Antonio Candido, el problema del “parasitismo intelectual” es una cuestión central en la crítica literaria de la época. El “parasitismo intelectual” evoca la terminología positivista y científica, e indica el deseo y el proyecto de alcanzar una identidad cultural distinta de las metrópolis europeas (1993: 137)[4].
Precisamente la cuestión del parasitismo intelectual de Europa va a ser uno de los problemas centrales del siguiente libro del que quiero ocuparme, un libro más o menos contemporáneo al de Menéndez Pelayo y que servirá para continuar con la pregunta por el lugar de la cultura brasilera en la totalidad latinoamericana. Se trata de El Brasil intelectual, de Martín García Mérou[5].
Los ensayos de García Mérou son un raro caso de erudición sobre la cultura brasilera en el Río de la Plata. Mucho más informado que su antecesores, el crítico, que cumplió funciones como embajador argentino en Brasil, demuestra haber leído con inteligencia y voluntad comparatista a los principales historiadores literarios brasileros de la época. García Mérou se asombra y se lamenta por el desconocimiento de la cultura brasilera en la América Hispánica y a la vez señala paralelismos y problemas comunes, insertando a la cultura brasilera en el conjunto de América Latina.
La perspectiva crítica de García Mérou se alimenta de los modelos de Taine, Renan y Saint Beuve, a quienes cita y, como los críticos franceses, establece un fuerte determinismo del medio, en el que la naturaleza y el territorio son las causas donde encontrar la forma de la cultura. En este sentido, algunas de sus observaciones curiosamente coinciden con las de Menéndez Pelayo. Para el español lo más original de la poesía hispanoamericana está en las descripciones del paisaje; para el argentino, el medio y el paisaje deben ser la fuente de una literatura auténtica y original. Por esa razón García Mérou buscará paralelismos entre las distintas literaturas americanas como muestras de medios geográficos y sociales semejantes, que deben ser capaces de producir literaturas nuevas y que padecen una común falta de tradición propia. Así, afirma que mientras los europeos se dedican al arte nosotros los americanos debemos “conquistar la naturaleza, antes de admirarla” (5). Esa conquista encierra el deseo de una emancipación para las culturas americanas. En todos los casos, el problema de la dependencia cultural de las ex metrópolis aparece como central. La dificultad en establecer una tradición cultural independiente resulta una dificultad común a todas las literaturas latinoamericanas. “También en Brasil, la inmensa mayoría de los libros delatan una especie de infiltración del espíritu de los maestros extranjeros” – señala el crítico argentino (8).
Pero para García Mérou las coincidencias no han sido suficientemente evidentes como para permitir una reflexión conjunta entre el Brasil y la Argentina, o un aprendizaje mutuo ante contextos y problemáticas semejantes. La literatura, y en particular la obra de Sarmiento, cuyo retrato desfavorable de Río de Janeiro en sus Viajes es uno de los precursores del repertorio de textos argentinos sobre Brasil, tiene responsabilidad en esta circunstancia. Pero será también la literatura la que permitirá, eventualmente, corregir este desencuentro.
[S]olamente ahora puede decirse que ha desaparecido la falsa leyenda que, durante tanto tiempo, ha desfigurado ante cada una de ellas, el carácter de nuestras dos naciones, retardando su completo acuerdo y la hora no lejana en que se estrecharán indisolublemente sus vínculos políticos, haciéndolas cooperar unidas al progreso y la civilización de América Latina.
He creído que tal vez no estaría de más, para ayudar a este fin, estudiar de una manera general y sintética el movimiento actual de las letras en el Brasil. La actividad intelectual de aquella nación es superior, sin duda alguna, a la que presentan sus hermanas del continente (...). Una instrucción metódica y seria (...) bajo una administración tranquila y de móviles elevados (...) han propendido a dar al Brasil una cultura literaria más sólida y original que la de las otras naciones sudamericanas (18-9).
El término “América Latina” adquiere aquí condición precursora y habilita el discurso de unidad panamericana que predomina en muchos escritos de la época. ¿Es posible pensar que su difusión proviene de los años pasados por García Mérou en Brasil? Acaso no sea una hipótesis desventurada y contribuye a pensarlo así la bibliografía producida en Brasil empleando ese término (véase nota 1). En la segunda parte de la cita, puede verse en García Mérou un respeto por la estabilidad institucional de Brasil que está asociada al régimen monárquico predominante durante la mayor parte del siglo XIX y al progresivo desprestigio de la forma de gobierno republicana que se acentuará a fin de siglo. Una vez más, el medio social y político es responsable de la tradición cultural. No resulta extraña esta posición por parte de un intelectual y funcionario de Roca, a quien está dedicado el libro, y cuyo lema de gobierno era precisamente, “Paz y administración”[6].
El establecimiento de la República a partir de 1889 sin duda contribuyó al acercamiento entre Brasil y el resto de los países latinoamericanos, donde simultáneamente el sistema republicano comenzaba a perder prestigio social de la mano de los desórdenes y de la visión crítica de la democracia norteamericana como un mal modelo de sistema político. Asimismo el debate en torno al panamericanismo hace propicia la inclusión de Brasil como un factor de contrapeso ante la creciente influencia norteamericana. Lo interesante de esta coyuntura es que la literatura parece ocupar un lugar central en los debates políticos y sociales. Tanto en Brasil como en España se establecen revistas en las que publican prestigiosos poetas y escritores hispanoamericanos. Esas revistas buscan ejercer influencia política sobre la región, ante la amenaza norteamericana y particularmente después del traspaso de Puerto Rico, Cuba y Filipinas como colonias norteamericanas a consecuencia de la guerra hispano-cubano-(norte)americana[7].
La literatura entonces sirve como vehículo para estudiar la nacionalidad e incluso para proponer una estructura más abarcadora, capaz de imaginar la unidad continental. Esa unidad será la que podrá corregir una identidad débil y prevenir “la infiltración de maestros extranjeros” sobre la que advierte García Mérou. Como lo señala Cornejo Polar, podría pensarse en la literatura latinoamericana como una formación constituida por la crítica, que a su vez construye el contexto político que esa literatura pretende representar. Es decir, América Latina no como una formación histórica previa a su literatura, sino más bien como un efecto de ella (Cornejo Polar 69-71). En este sentido, para García Mérou la cultura brasilera no sólo es un ejemplo a imitar sino un instrumento para adquirir una identidad genuina. La cultura brasileña sirve en el ensayo como una opción para resolver la dicotomía parasitismo cultural metropolitano vs. autonomía sin modelo digno. Imitar al Brasil (o encontrar paralelos con las otras culturas latinoamericanas), permite adoptar como modelo una cultura organizada, con institucioes sólidas y con una tradición menos masificada y excesivamente democrática, como la norteamericana.
En su lectura de Silvio Romero, García Mérou reconoce la teoría del mestizaje de aquél como una contribución particularmente valiosa. Su valor radica no tanto en la imagen positiva del mestizo propuesta por Romero (Cf. Candido 1982), como en el mestizaje como formación característica y capaz de revertir del parasitismo cultural latinoamericano.
La conclusión que de este largo análisis saca el señor Romero, como antes lo he indicado, es que “el mestizo es el producto fisiológico, étnico é histórico del Brasil y la forma nueva de la diferenciación nacional”. Al decir mestizo, el distinguido escritor advierte que no pretende indicar que su patria constituye una nación de mulatos, pues la forma blanca predomina, y prevalecerá al fin; sino que la unión del europeo con las otras razas dio origen a este nuevo producto, dotado de caracteres propios” (30).
Ese “nuevo producto” será lo que le interesa a García Mérou, que intenta adoptar el mestizaje de la cultura brasilera como una forma de aplicación continental que tal vez sirva en Argentina para desarticular la copia y la imitación. Los debates en torno a la imitación son sin embargo, contradictorios y complejos. Por un lado, teorías como la de Romero pueden ser aplicadas en escala continental. Pero por otro lado, al ser pensadas dentro de la tradición del ensayo de hermenéutica nacional, sirven en muchos casos para reforzar narrativas identitarias nacionalistas, chauvinistas y xenófobas. Algunos de los autores brasileros que adoptan esta posición, como por ejemplo Euclides Da Cunha, veían el fin del aislamiento imperial como un peligro de contagio de la inestabilidad crónica de los vecinos sudamericanos (Candido 1993: 135). García Mérou parece consciente de esta posición nacionalista y potencialmente hostil hacia las demás naciones latinoamericanas y precisamente hacia allí apunta su crítica de Araripe Júnior, a quien califica de nativista y aislacionista (1900: 214).
Pero es en la obra de José Verissimo donde García Mérou encuentra mayores semejanzas entre el Brasil y la América hispánica. A diferencia de Romero, Verissimo tiene una visión menos optimista acerca de la identidad nacional y del mestizaje. “El espíritu brasilero carece de carácter nacional” – dice Verissimo según García Mérou – y es “el espíritu de imitación” la causa de dicha carencia (102).
La imitación se verifica en varios niveles de la vida intelectual. Por un lado en los escritores y en particular en la bohemia, a la que acusa de imitativa y parásita de las modas europeas y por ende causante de la “debilidad del espíritu nacional”. Esta situación sólo puede combatirse con mayor profesionalización e instituciones educativas más sólidas. Por otro lado, la imitación del modelo republicano norteamericano, que Verissimo rechaza, es recibida con entusiasmo por García Mérou y esto lleva, naturalmente, a la idea de una América Latina ligada a estructuras de gobierno más similares a las europeas (esto es, menos democráticas) y equidistante de los bloques de influencia en la política mundial.
La cultura brasilera ocupa entonces un lugar central para García Mérou en la resolución del problema de la imitación, y el crítico se esfuerza por desarticular los prejuicios dominantes acerca del Brasil en Argentina y en América Latina. En general, sus instituciones y producción intelectual son percibidas como comparables y semejantes a las de la América Hispánica. Pero García Mérou va aún más lejos: parece reconocer en la estabilidad política brasileña un sistema deseable para el resto de la región y acaso atribuye esa estabilidad a la juventud de su régimen republicano. Una tradición intelectual estable resulta valiosa por la utilidad para quebrar el parasitismo cultural de América con respecto a las metrópolis y su efecto renovador sobre la identidad cultural latinoamericana. Para García Mérou pues, América Latina debe ser distinta de Europa y distinta de los Estados Unidos y la literatura puede ser artífice de un mutuo conocimiento latinoamericano que fortalezca el espíritu continental y las tradiciones nacionales.
Quisiera continuar ahora con uno de los campeones del latinoamericanismo. Me refiero a un hombre de letras que a pesar de sus fuertes convicciones sobre la unidad cultural del continente se negó sistemáticamente a emplear el término de “América Latina”. Se trata de Pedro Henríquez Ureña.[8]El primer libro en el que quiero detenerme, Seis ensayos en busca de nuestra expresión, incluso parece participar de los prejuicios acerca del Brasil que García Mérou se esforzó en combatir. Este libro, publicado en Buenos Aires en 1928,[9] aborda sin mediaciones el problema de la imitación y el del logro de una tradición literaria para lo que Henríquez Ureña denomina “la América española”.
En el primer ensayo de su libro, titulado “El descontento y la promesa”, Henríquez Ureña discute el problema de la imitación y la relación de la tradición hispanoamericana con los “modelos europeos”. “Nuestra preocupación –sostiene el dominicano– es de especie nueva. Rara vez la conocieron, por ejemplo, los romanos: para ellos, las artes, las letras, la filosofía de los griegos eran la norma; a la norma sacrificaron, sin temblor ni queja, cualquier tradición nativa” (1981[1928]: 243). No se trata por lo tanto, de construir una tradición ajena al viejo mundo, sino de reconocer los lazos que vinculan a América Latina con la cultura europea. Sin embargo Henríquez Ureña, a pesar de su evidente hispanofilia, no llega al extremo de Menéndez Pelayo.[10] Lo que él denomina “las fórmulas del americanismo” comprende en literatura tanto los “temas” y descripciones de la naturaleza americana, como la literatura indigenista y el movimiento criollista. Incluso la literatura “europeizante” debe formar parte de una tradición que no se percibe quebrando lazos con Europa, sino asumiendo una dependencia inexorable determinada por el idioma: “no sólo escribimos el idioma de Castilla, sino que pertenecemos a la Romania” – declara (ibid: 250).
Este concepto de la Romania, no obstante su europeísmo, guarda una relación con el de América Latina. Para Henríquez Ureña la Romania significa la tradición latina y por lo tanto divide a las américas en dos: aquella influida por la cultura de Europa meridional y aquella sometida a la influencia cultural de Europa del Norte. La “América Española” y los Estados Unidos. La historia literaria sirve así para trazar fronteras y crear un objeto exterior a sí misma pero que a su vez, sirve para justificarla.
Para Henríquez Ureña la identidad cultural es todavía una búsqueda, pero una búsqueda que no debe apoyarse tanto en la ruptura como en la incorporación de todas las vertientes –americanas y europeas, indígenas e importadas– para construir una voz propia. “Nuestra literatura absorvió ávidamente agua de todos los ríos nativos: la naturaleza; la vida del campo, sedentaria o nómade; la tradición indígena; los recuerdos de la época colonial; las hazañas de los libertadores; la agitación política del momento...” (242).
Como lo indica el título del libro, Seis ensayos en busca de nuestra expresión se propone trazar un itinerario que dé razón a la expresión literaria latinoamericana. Su concepción de la historia literaria se aproxima así a lo que Peter Bürger describe como un mapa para recorrer la jungla de la tradición. Pero es un mapa engañoso, donde sólo aparecen ciertos accidentes geográficos dotados de relieve. Un mapa que simula presentar un objeto exterior a sí mismo, pero que de hecho construye ese objeto en el mismo acto de enunciarlo.[11] Según la definición de Peter Bürger,
The discourse of traditional literary history is defined by a lack of reflection on its historicity. Because it aims at stabilizing a given tradition it is inevitable that it neglects its historical presupositions (201).
¿Cuáles son los espacios en blanco de ese mapa y cómo funciona su voluntad estabilizadora? ¿Qué presuposiciones históricas son negadas en su discurso? Ante todo, Henríquez Ureña define su trabajo como el de un guía y el corpus de textos y problemas recorridos como un “palacio confuso”. Ese caos que la historia literaria debe ordenar y estabilizar es un conjunto donde ciertas tradiciones quedan excluidas. Una vez determinado que el sur del continente americano está comprendido en la órbita latina, para Henríquez Ureña el problema mayor se presenta con lo que él llama “la zona tórrida”. Aunque concede un comentario a las tradiciones indígenas, son los elementos afroamericanos presentes en la “zona tórrida”, y particularmente en su Caribe natal, aquellos que brillan por su ausencia en la cartografía literaria desplegada en el libro. Y también las huellas de la literatura oral, aplastada por el régimen escritural del cual su mismo discurso es parte, resultan negadas por sus presupuestos históricos.
Apelando una vez más a las teorías del medio, el segundo ensayo del volumen, “Caminos de nuestra historia literaria”, dedica algunas páginas a discutir el problema de la exuberancia literaria. Si en Menéndez Pelayo el término era opulencia, para Henríquez Ureña la exuberancia sintetiza el modo en que se ha juzgado en Europa a la literatura latinoamericana. “Exuberancia”, como opulencia, tiene una connotación molesta y totalizadora que la argumentación del crítico intentará poner en cuestión. Pero si en un momento el texto parece querer discutir el para entonces arcaico determinismo del medio – estamos en 1928 –, rápidamente ese ímpetu se apaga. “Le gustaba alabar – como lo recuerda Borges –; su memoria era un preciso museo de literaturas” (1981:viii).
La crítica de Henríquez Ureña nunca es suficientemente radical. El argumento para rebatir la tesis de la exuberancia literaria latinoamericana apuntará a cuestionar esta idea no atacando sus premisas, sino buscando eliminar la causa que determinaría el presunto “tropicalismo” literario, es decir, la “torridez” climática de América Latina. Dice entonces:
Contra la creencia vulgar, la mayor parte de la América española situada entre los trópicos no cabe dentro de la descripción usual de la zona tórrida. Cualquier manual de geografía nos lo recordará: la América intertropical se divide en tierras altas y tierras bajas; sólo las tierras bajas son legítimamente tórridas, mientras las altas son de temperatura fresca y muchas veces fría. ¡Y el Brasil ocupa la mayor parte de las tierras bajas entre los trópicos! Hay opulencia en el espontáneo y delicioso barroquismo de la arquitectura y las letras brasileñas. Pero el Brasil no es la América española (1981[1926]: 259).
Sin duda esta distinción encierra un ánimo defensivo. La acusación de exuberancia lleva a ideas de inestabilidad política, de exaltación, a los “temperamentos ardorosos” y las “imaginaciones volcánicas”, según su propias palabras, con que han sido descriptos los países de la región. Lo que el autor denomina los “petits pays chauds”, poco confiables y con instituciones débiles, son naciones sin cultura injustamente confundidas con la totalidad de los países latinoamericanos. El fantasma que amenaza la visión de Henríquez Ureña es sin duda el de Haití, tierra de revoluciones, trópico, inestabilidad política y sobre todo, cultura africana y fronteriza de su propia patria, y de la que siempre buscó diferenciar a su Santo Domingo natal. Brasil parece compartir algunos rasgos de esta imagen perturbadora –la esclavitud, el temperamento ardoroso u opulento, como lo llamaba Menéndez Pelayo– y es por eso que resulta excluido de la totalidad hispanoamericana. Una vez más, la historia literaria es un aparato para trazar fronteras y definir totalidades geoculturales que en este caso distinguen naciones bárbaras de naciones civilizadas. Recoger los disjecta membra de la cultura latinoamericana –como califica su empresa Beatriz Sarlo (1998: 887)– también implica excluir y descalificar.
Curiosamente, el ataque a la imagen de la exuberancia hispanoamericana persigue un objetivo similar al que García Mérou destacaba en Veríssimo. Henríquez Ureña atribuye a la mesura y la discreción que según él caracterizan a las “zonas templadas”, instituciones sólidas donde puede florecer la cultura y donde los escritores pueden alcanzar, finalmente, un status profesional.
Tal vez lo que ocurra es que Henríquez Ureña en 1928 sabía muy poco de Brasil. Admirador incondicional de Sarmiento, acaso su perspectiva se encontraba todavía condicionada por las imágenes poco favorables descriptas por Sarmiento. Tanto Sarmiento como Ureña comparten la obsesión por la raza, y la que a ellos les interesaba deja afuera los tonos oscuros y persigue, más bien, una tradición europea. Las culturas tropicales no entran según esta concepción dentro del grupo de las culturas civilizadas y de la tradición deseable para los países americanos. Para terminar, me gustaría comparar esta visión negativa y desintegradora del Brasil de la colección latinoamericana, con la que nos da el propio Henríquez Ureña quince años más tarde. En Las Corrientes literarias en la América Hispánica, libro que es el fruto de las “Charles Eliot Norton Lectures” pronunciadas en Harvard en el invierno de 1941, el crítico despliega una nueva visión totalizadora de la literatura latinoamericana y esta vez, incorpora plenamente a la literatura brasileña, a la que compara con la hispanoamericana, manteniendo a ambas dentro de la misma tradición europea y latina.
Henríquez Ureña ha pasado para entonces más de una década viviendo en la Argentina y ha viajado en 1930 a Río de Janeiro, invitado por Alfonso Reyes, a la sazón embajador mexicano en Brasil. Sin embargo este saber enriquecido no basta para cambiar el término que designa a la región, que continúa siendo “América Hispánica” en el título de su libro.
Quizás pueda pensarse en el determinismo lingüístico que impera en el modelo de Henríquez Ureña, como aquello que sirve para explicar la rigidez de su modelo de historiografía literaria. Un modelo que primero excluye y luego incluye a la literatura brasilera, pero que se resiste a pensar en América Latina como concepto abarcador de una totalidad cultural autónoma. La tradición cultural, incluso como el producto de una voluntad hermenéutica, como en el caso de Henríquez Ureña (que en esto es más moderno que Menéndez Pelayo; no hace arqueología sino en todo caso arquitectura literaria)[12] la tradición cultural, decía, presupone la idea de continuidad, de filiación y de linaje. Y esa continuidad debe tener un origen legítimo y prestigioso, de lo contrario corre peligro de ser despreciada, discriminada como un mestizo o peor, como un mulato. Para Ureña entonces, el pasado europeo, la Romania, resulta inexorable y necesaria: es condición para el concepto mismo de tradición, que implica jerarquía, abolengo y pureza de sangre. Dentro de esa Romania estabilizada, no exaltada por pasiones tropicales, en el “preciso museo de literaturas”, según las palabras de Borges, podrá tener un lugar la cultura brasileña, convenientemente despojada de sus marcas de impureza.
Referências Bibliográficas:
Primaria
GARCÍA MÉROU, Martín. El Brasil intelectual: impresiones y notas literarias. Buenos Aires: Félix Lajouane, 1900.
GROUSSAC, Paul. Del Plata al Niágara. Buenos Aires: Jesús Menéndez, 1925.
HENRÍQUEZ Ureña, Pedro. “Seis ensayos en busca de nuestra expresión” en Obra Crítica. Edición de Emma Susana Speratti Piñero. México: Fondo de Cultura Económica, 1981, 239-330.
____. Las corrientes literarias en la América Hispánica. Traducción de Joaquín Díez-Canedo. México-Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 1945.
____. Ensayos. Edición crítica de la colección Archivos coordinada por José Luis Abellán y Ana María Barrenechea. Buenos Aires: Sudamericana, 1998.
MENÉNDEZ Y PELAYO, Marcelino. Historia de la poesía hispano-americana. Madrid: Librería General de Victoriano Suárez, 1911.
Secundaria
BORGES, Jorge Luis. “Prólogo” a Pedro Henríquez Ureña. Obra Crítica. México: Fondo de Cultura Económica, 1981, vii-x.
BÜRGER, Peter. “On literary history” en Poetics 14 (1985) 199-207.
CANDIDO, Antonio. Recortes. São Paulo: Companhia Das Letras, 1993.
CORNEJO POLAR, Antonio. “La literatura latinoamericana y sus literaturas regionales y nacionales como totalidades contradictorias” en Palermo, Zulma y Elena Altuna, comps., Una literatura y su historia: región literaria. Salta: Universidad de Salta: 1996, 69-82.
DÍAZ QUIÑONES, Arcadio. “1898: Hispanismo y Guerra” en Walther L. Bernecker, ed., 1898: su significado para Centroamérica y el Caribe: ¿Cesura, Cambio, Continuidad?. Vervuert: Iberoamericana, 1998, 17-35.
GREENBLATT, Stephen. “What Is the History of Literature?” en Critical Inquiry 23 (Spring 1997) 460-481.
SARLO, Beatriz. “Pedro Henríquez Ureña: lectura de una problemática” en Pedro Henríquez Ureña, Ensayos (Buenos Aires: Sudamericana, 1998), 880-887.
ZANETTI, Susana. “Modernidad y religación: una perspectiva continental (1880-1916) en Pizarro, Ana, org., América Latina: Palabra, Literatura e Cultura, vol 2, Emancipação do Discurso. São Paulo: Memorial, 1994, pp. 489-534.
[1] Véase Antonio Candido, “Os brasileiros e a nossa América” en Recortes (São Paulo: Companhia Das Letras, 1993), 130-139. El interés latinoamericanista de los críticos brasileros puede rastrearse desde comienzos de siglo, en obras como A Ilusão americana, de Eduardo Prado (Río de Janeiro: 1895); A América Latina, de Manoel Bonfim (1905); A América Latina (Análise do livro de igual título do dr. Manoel Bonfim) (1906), de Silvio Romero; Pan americanismo (Río de Janeiro: 1907) y América Latina e América inglesa (Río de Janeiro: s/f), ambos de Oliveira Lima. También José Verissimo fue un temprano lector y crítico de la literatura hispanoamericana. Véanse sus ensayos reunidos en Cultura, literatura e política na América Latina, selección y presentación de João Alexandre Barbosa (São Paulo: Brasiliense, 1986). Con respecto a los hispanoamericanos, el primero de ellos en manifestar interés por la literatura brasilera es Juan María Gutiérrez, quien le dedica un comentario lateral en su América poética (Santiago de Chile: 1846); Sarmiento, en sus Viajes (1850) observa Río de Janeiro con cierto horror hacia “la esclavatura” como sistema político y social; Ernesto Quesada y Paul Groussac completan la lista en el siglo XIX. Ninguno de estos críticos manifiesta un conocimiento exhaustivo de la literatura brasileña pero sí una preocupación por su especificidad y relación con la cultura latinoamericana.
[2] Para la cuestión del término “América Latina” véase Arturo Ardao, Génesis de la idea y el nombre de la América Latina (Caracas: Centro de Estudios Latinoamericanos “Rómulo Gallegos”, 1980).
[3] El gesto de Menéndez Pelayo parece reproducir el de la historiografía literaria en general. Como lo señala Peter Bürger, “the authors of these voluminous books [i.e. literary histories] are more interested in stabilizing national identity, than in giving us knowledge about the subject matter” (1985:199). En cierta medida éste parece el propósito explícito de la Historia de la poesía hispano-americana: proveer a España de una narrativa adicional que le restituya algo de su alicaído honor nacional.
[4] Candido habla de parasitismo en un doble sentido. Parasitismo de Europa y parasitismo del sistema esclavista que desalienta la producción cultural en Brasil. Este segundo sentido no tiene la misma significación en Hispanoamérica (aunque posee algunos paralelos en el Caribe), pero puede pensarse la dependencia cultural con Europa como una forma de esclavitud que inhibe la creación genuina.
[5] El libro de García Mérou apareció como una serie de ensayos aislados en el año 1886 en la revista La Biblioteca, publicada por la Biblioteca Nacional de Buenos Aires y dirigida por Paul Groussac. Posteriormente, en ocasión de la visita del presidente brasilero Campos Salles a la Argentina, fue publicado como libro (Buenos Aires: Félix Lajouane: 1900). Véase Luiz Roberto Cairo, “Un olhar portenho sobre Silvio Romero” en Reinaldo Marques y Gilda Neves Bittencourt, orgs., Liminaries criticos: Ensayos de Literatura Comparada (Belo Horizonte: Autentica, 1998), 133-141.
[6] Eduardo Prado, en su crítica del modelo norteamericano, asocia república con desorden y régimen federal con peligro de atomización (Cándido 1993: 133). De este modo, la crítica del sistema republicano adquiere un matiz antiimperialista y antinorteamericano y, simultáneamente, un sesgo antidemocrático. Angel Rama ha señalado una sensibilidad antidemocrática similar en los escritores modernistas hispanoamericanos finiseculares. Véase Rama, Angel, Las máscaras democráticas del modernismo (Montevideo: Fundación Angel Rama, 1982).
[7] Me refiero a revistas como la Revista Americana (1909-19), hecha por inspiración del Ministro de Relaciones Exteriores brasileño Rio Branco y en la que colaboraron intelectuales hispanoamericanos como Ernesto Quesada, José Enrique Rodó, Ventura García Calderón, Julio Herrera y Reissig, José Ingenieros y otros (Candido 1993: 134-5). En España se publican a fin de siglo la Revista de Crítica de Historia y Literatura Española, Portuguesa e Hispanoamericana (1895), dirigida por Ramiro de Maetzu y la Unión Iberoamericana (1883), revista de la institución homónima (Zanetti 528). Todas estas revistas intentan ejercer una influencia política a través de la literatura, postulando relatos de unidad continental latino e hispanoamericana, respectivamente, en lo que Susana Zanetti denomina “capacidad religadora” de la literatura.
[8] Entre la bibliografía reciente publicada sobre el autor véase la edición crítica de sus Ensayos, coordinada por José Luis Abellán y Ana María Barrenechea para la colección Archivos (Buenos Aires: Sudamericana, 1998); para una mirada desde el Brasil véase João Francisco Ferreira, Rumo à Utopia: uma introduçao ao pensamiento americanista de Ureña (Porto Alegre: Hytholodaeus, 1974).
[9] Buenos Aires: Babel, 1928 (Speratti Piñeiro 780).
[10] Henríquez Ureña tiene un ensayo sobre Menéndez Pelayo, “La Inglaterra de Menéndez Pelayo”, recogido en sus Ensayos. También existe una correspondencia entre ambos, no recogida en libro.
[11] Cornejo Polar dice al respecto: “[L]a reflexión sobre la literatura latinoamericana no puede soslayar el hecho decisivo de que esa misma reflexión está produciendo, de alguna manera, su propio objeto” (71). En la misma dirección va Angel Rama cuando dice que “la crítica no construye las obras (pero) sí construye la literatura”. En La novela latinoamericana: 1920-1980 (Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, 1982), p. 15.
[12] Dice Beatriz Sarlo respecto del proyecto ureñano: “Pero también podría pensarse en el movimiento profundamente voluntarista que está en la base de esta perspectiva: un voluntarismo cultural que tiene como punto de su programa recoger (no sólo para el uso académico) los disjecta membra de la cultura latinoamericana; construir, más que descubrir, su unidad” (Sarlo 887). Creo que este proyecto impone condiciones estrictas que sólo lo hacen posible en función de la “raza” europea, a pesar de una retórica de incorporación irrestricta.